¿Quién no ha visto esa película alguna vez? Pocos, seguramente. Es una película francesa tan "francesa" que cualquiera que la conozca piensa en ella cada vez que oiga la palabra "Francia". Curiosamente, no es tan famosa por su historia, y poco más por la actriz que la protagoniza. De hecho, es conocida sobre todo por su banda sonora, una de las más escuchadas de la historia del cine.
La película comienza con una voz fuera de pantalla que te va contando toda la niñez de Amélie Poulain, con una madre institutriz medio esquizofrénica y un padre ex médico militar que pasa completamente de ella. Más tarde, cuando la madre muere tras caerle encima una turista suicida desde lo alto de la catedral de Notre-Dame, Amélie continua criándose sola junto a un padre que no le habla nunca, así que cuando cumple veintidós años decide irse a vivir a un apartamento ruinoso por fuera y espectacular por dentro en pleno barrio de Montmartre.
Mientras, empieza a trabajar en una cafetería céntrica, donde la dueña es coja, la vendedora de tabaco hiponcondríaca, una camarera harta de su ex novio, y el ex novio de la camarera, que se pasa todo el día vigilándola con una grabadora. Amélie parece aburrirse de esa rutina (aunque yo con ese panorama haría de todo menos aburrirme), y una noche, cuando se entera por la tele de que Lady Di ha muerto, decide arreglar la vida de todos los que conoce en su barrio. A una de sus vecinas le hace creer que su difunto marido aún la quería cuando murió (cuando resulta que estaba acostándose con su secretaria), al vecino con huesos de cristal de abajo le saca de su mundo "paralelo" para que deje de estar obsesionado con el mismo cuadro de Renoir, se venga de su frutero, que es gordo y medio calvo, por pasarse el día humillando en público a su ayudante, que la verdad es que no tiene mucha maña con el tema, y hace que la vendedora de tabaco se olvide de su carácter hipocondríaco.
Aparte, conoce a un joven llamado Nino, que trabaja una mitad del día en el tren del horror de un parque de atracciones, y la otra mitad vendiendo consoladores en un sex shop, y al que le gusta recoger las fotos mal hechas del fotomatón que la gente suele tirar al suelo y coleccionarlas (vamos, un chico súper normal, jajaja). Todo acaba de forma feliz, cómo no.
NOTA FINAL: Desde luego que es una película muy rara, de un director que siempre hace historias bastante originales. Sin saber de quién es, solo con verla ya podrías adivinarlo. Un 8, diría yo.


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